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“No debes luchar abiertamente contra los prejuicios que le llegan a tu hijo desde la sociedad”

Cristina Avecilla – Logopeda

Charlar con Cristina Avecilla te obligará a salir de la zona de confort de las ideas. Porque ella introduce una mirada alternativa y novedosa a temas como la comunicación, el uso de etiquetas, el abordaje de los estereotipos de género y la forma en que leemos cuentos a nuestros hijos.
Me quedo sobre todo con su idea central: en la comunicación hay que sumar, complejizar, diversificar y no limitar o tratar de imponer.

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¿Cuál es el papel de las palabras en los primeros meses?

Al principio no te entienden, van oyendo cómo suenan las palabras, no reconocen su significado, pero sí su melodía. También van enlazando y reconociendo qué palabras son importantes, qué palabras se van repitiendo.

El silencio también es necesario porque permite el descanso y la posibilidad de procesar la información. Además nunca hay silencio, está el sonido de la calle, de los pájaros, que también enriquece. A veces pecamos de hablar demasiado.

Y como sabemos, los gestos, el contacto, las caricias, también son comunicación.

A medida que van creciendo y ganando autonomía, se va haciendo todo más difícil. Comienzan a oponerse y a “no escuchar”, la gran queja de todos los padres. ¿Es cierto que los niños no escuchan o hay un error en cómo emitimos el mensaje?

Lo que yo creo es que hay un error desde el principio. Muchas veces no les hablamos cuando son muy pequeños porque creemos que no nos entienden. O no respetamos sus deseos.

Tienes que preguntarte si cuando le explicabas algo  de pequeño o le decías que iban a hacer algo, reaccionabas en función de lo que tu bebé te transmitía o hacías lo que querías tú.

Yo, por ejemplo, le digo “vamos al baño” y si me da señal de que no quiere, espero 30 segundos y luego vuelvo a insistir, pero lo respeto. Actúo bastante en función de lo que él pide.

Cuando son pequeños es tan fácil cogerlos y hacer con ellos lo que queramos, que ellos no tienen voto, no pueden opinar. Pero cuando son más grandes ya no puedes tanto con la fuerza física. Y si no fue respetada su necesidad desde pequeño, se complica.

¿Y qué podemos hacer si desde el principio no lo hicimos tan bien o si la comunicación se está complicando?

Lo primero es entrenar el “estoy enfadada” o directamente un “no” seco y con calma. Y en cuanto hay una respuesta que se acerca a lo que quieres, decir “estoy muy contenta” con una gran sonrisa. Me da igual que sea falsa. Pero tú ya estás activando los músculos que indican que va bien la cosa. Aunque sientas mucha rabia por dentro, te la comes.

Por ejemplo: tira algo de la estantería, tú le dices que no y el niño para. Ahí mismo tienes que sonreír. Eso lo ayuda a entender que detener su acción es lo que está bien.

Si el niño se detiene, ya se está portando bien. Eso es lo que hay que reforzar. Pero solemos aprovechar para largar la catarata de palabras y regañarlo. Pero cuantas menos palabras, mejor.

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Es lo que dices en tu libro. Que cuando el niño te mira, después de que le has dicho que no, debemos tomar esa mirada como una respuesta y como una ventana que nos abre por un momento para que podamos darle más información. Y que si no aprovechamos esa ventana, la cierra y sigue con su cometido.

La información que debemos dar en ese momento es sólo nuestra sonrisa o un “muy bien”. Y cuando son más mayores y queremos que paren de hacer algo, en vez de chillar, que suele ser lo que hacemos, hay que hablarles muy bajo. Entonces van a tener que parar y esforzarse inconscientemente por lograr escuchar lo que les estás diciendo. Si dices algo seria y flojo, se va a quedar flipando. Y va a bajar el tono de todo. Si te agachas, también contribuye a bajar el tono.

Y si lo que hizo requiere una explicación, hay que hacerlo cuando la rabia se nos pase. 

También está bien pedirles un feedback a cómo creen que nosotras nos comportamos o cómo sienten que les decimos las cosas. 

Y por supuesto, siempre después de un no, hay que poner un sí. “No puedes esto, pero sí puedes aquello”.

Es importante entrenar estas técnicas en los momentos en los que no estamos enfadadas. Practicar la sonrisa falsa delante del espejo. Practicar el darle opciones, todo el tiempo. Y si le dejas elegir, respetarlo.

Y hay que recordar que no hace falta estar súper enfadados para educar. Hay cosas que no se hacen y punto. No tenemos por qué enfadarnos para comunicarlas.

“Cuantas más veces se pierda vuestra interacción más desconectado estará de lo que le digas”, afirmas. ¿Cuáles son las situaciones, palabras, gestos, actitudes del adulto que hacen que la interacción se pierda?

El sentir que tú no le entiendes. El sentir que no tiene opinión.

Y cuando son pequeños, a veces hacen algo con una intención, pero lo que se ve desde afuera es otra cosa. Y tú lo riñes. Pero lo que pasó es que no supiste ver cuál era su intención. Y como son pequeños no lo saben explicar.

No significa que siempre tengamos que aceptar su punto de vista. Pero cuantas más veces le digas que no y él crea que es que sí, ahí es donde se pierde la conexión.

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Me gusta tu propuesta de inventar nuevas palabras para que nos hagan caso en determinada situación (por ejemplo, stop para que se detenga en la calle). Dices que hay que practicar la palabra y la acción que esperamos, mientras jugamos.

Si tú usas una palabra que a veces se usa en unas situaciones y a veces en otras, puede ser contradictorio. Por eso está bueno elegir una palabra que sólo se use en determinada situación, que siempre signifique lo mismo. Los niños necesitan verdades absolutas, algo sólido a lo que aferrarse. Pero yo lo haría solo con las cosas relacionadas con el peligro.

Todos los niños son distintos. Algunos son más tranquilos, otros más movidos, algunos son más dóciles y otros más cabezotas. ¿Cómo debemos hablarle a cada uno?

No creo que se les deba hablar distinto. Tienes que hablarles tal y como eres. Cuanta más coherencia contigo misma, mejor. Y ellos lo van viendo. Quizás algunas estrategias funcionan mejor con uno que con otro. Pero en el día a día, explicarles algo, es como tú lo sientas. Y pregúntales cómo quieren que les expliques las cosas. A veces buscamos mucha información y la respuesta está adentro.

Lo que sí veo, es que a un niño que es muy bueno le permitimos todo mucho más o no le educamos. Porque tenemos asociado el educar al reñir. Pero para educar, no tenemos que esperar a que se porte mal. A lo mejor, hace las cosas muy bien y no se lo decimos. Y lo que va a pasar es que va a ver que solo vas a prestarle más atención si se porta mal.

Por ejemplo, si estás cocinando con tu hijo al lado y ves que mira el cuchillo pero que no lo coge, le puedes decir “¿querías probar el cuchillo pero sabes que es peligroso?”. Y si sabes que tiene la edad para hacerlo, que es prudente y te va a hacer caso, puedes ayudarlo a que intente cortar algo.

Con los niños que son muy buenos corremos el riesgo de que no les hablemos tanto, de que no busquemos tantas alternativas o que no juguemos tanto con ellos.

Un niño que siempre se porta bien, no está tan entrenado en buscar opciones, porque normalmente no necesitamos esa estrategia para redirigir su comportamiento.

Me sorprendió una de tus publicaciones de Instagram donde dices que necesitamos etiquetas. Y lo que yo pienso es que las etiquetas son limitantes y llevan dentro prejuicios, ¿a qué te refieres con que necesitamos etiquetas?

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Nuestros pensamientos se estructuran en base a palabras que tienen una definición.

Si tú por ejemplo tienes el sentimiento de nostalgia, pero no sabes que existe esta palabra, no la puedes identificar y te sientes perdido, no puedes decir lo que te pasa.

Por eso, me parece que las etiquetas sí son necesarias en un sentido. Porque nuestro cerebro funciona con palabras que tienen un significado y que nos simplifica el expresarnos y el entender algo. No se trata de quitar etiquetas sino de sumarlas, de complejizar. “Soy bajita, y también soy divertida, intrépida, etc.”. Lo malo es ponerle una carga valorativa a una etiqueta. Pero las etiquetas sirven para conocer el mundo y poder definirnos. Si no podemos nombrarnos, seríamos aire. Lo que hay que hacer es querernos y querer tal como somos.

Negar una etiqueta es como esconder algo. Y cuando tienes algo escondido, sólo quieres verlo. Si evitas decirle algo que es muy evidente, igual va a sentirlo. Por ejemplo, con un niño gordo. “Sí, eres gordo, ¿y qué?”. Si al niño le molesta, se puede hacer algo para modificarlo y si no, no tiene nada de malo. Pero no dejar de nombrarlo.

Se trata de añadir etiquetas, no quitarlas. Que sea un niño bueno no quiere decir que tenga que estar callado y ser obediente. Puedes decirle que es un niño bueno y que también tiene pensamiento crítico y que puede expresar sus ideas.

¿Cómo podemos fomentar la lectura en los más pequeños?

Yo siempre recomiendo no leer cuentos a los más pequeños, sino prestarle más atención a las imágenes, hablar de ellas, crear historias diferentes cada vez. El cuento es una excusa, una ayuda por si no sabes qué decir.

Ojalá pudieran desaparecer las letras una vez que hayamos leído el cuento. Porque le estamos diciendo que la historia solo puede tener una interpretación. Le estamos poniendo una gran etiqueta. Pero cuanto más flexibilicemos las cosas, mejor. Les podemos pedir que nos cuenten ellos lo que imaginan en base a las imágenes. También se puede ir adelante y atrás, no seguir la linealidad.

Leer no es solo leer las letras y decodificarlas. Cuando leemos, disfrutamos gracias a que imaginamos y le ponemos imágenes a las cosas.

Me gustó tu propuesta de contrarrestar los tópicos de género a través del cuento y de los juegos con personajes. Cambiar el género de los animales o protagonistas, hacerles preguntas a los muñecos contrariando los estereotipos (por ejemplo, preguntarle a una muñeca cuestiones de fútbol o coches y al revés). ¿Qué libros con perspectiva de género te gustan?

Yo creo que es mejor elegir el cuento que te gusta y luego añadir estrategias que te permitan incorporar la perspectiva de género.

Todos los cuentos, cuando tratan un tema, ya parten de la base de que hay una etiqueta, de que tienes prejuicios, de que hay un problema. Por ejemplo, el de “Las chicas son guerreras”, ya les estás diciendo que las chicas, por el hecho de ser chicas, necesitan luchar más para lograr cosas. ¿Por qué no existe “Los chicos son guerreros”?  Y así con cualquier tipo de cuento. Yo elegiría un cuento neutral y que seas tú la que modificas los roles. Porque para que algo sea bien incorporado, tiene que ser natural.

Cuando tienes un cuento que tiene unos tópicos que no te gustan, como el lobo que siempre es el malo, puedes poner a los personajes fuera del cuento y hablar con ellos como si fuera una obra de teatro. Después de leerlo, coges un muñeco, la tapa de un boli o cualquier cosa que represente al lobo y hablas con “el actor”. Y así vez que tiene otros puntos de vista. Que el ser lobo le da una característica para poder actuar de malo, pero que también tiene otras cosas.

¿Y qué pasa con lo que reciben del afuera? Mi hijo de cinco años viene del jardín con que sus amigos le dicen “esto es de niña” o “a esto no juegan los niños” o “no quiero eso porque es rosa”.

El concepto del “quien soy yo” sucede alrededor de los cuatro años. Y necesitan saber quiénes son. Es normal y es muy bueno que el niño pase por esta etapa. Te parecerá que tienes que luchar de manera abierta contra los prejuicios que le llegan de la sociedad, pero lo que tienes que hacer es añadirle lo que tú piensas. Añade, no quites.

Y no le des importancia cuando tu hijo viene con “etiquetas” del cole. Si quieres que no las incorpore, no le des importancia. Dile, “ah, vale” y pasa a otro tema. Y ellos irán viendo que en casa es distinto o que mamá y papá piensan distinto.

Ellos necesitan tener una idea propia y comunicarla. Si los dejas hacerlo, se sentirán respetados. Si intentas cambiarles, les estás constantemente configurando en su mente que quieres que sea de otra forma. Y ellos necesitarán unir lo que piensan con lo que tú intentas transmitirle. Y mientras no cuadre, no se callará y el tema cobrará una importancia que no tenía. Y quizás llegarás al efecto contrario de lo que querías.

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Amo escribir, pero más me gusta comunicarme con quien está del otro lado, saber tus inquietudes, dudas, aprender contigo e ir formando juntas una comunidad de mujeres que nos apoyemos en los años más bonitos y difíciles de nuestra vida.

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1 comentario en ““No debes luchar abiertamente contra los prejuicios que le llegan a tu hijo desde la sociedad””

  1. Cuanto que no puse en práctica como madre hace ya muchos años. En aquellos tiempos no sabíamos CUANTO debíamos observar, respetar, comprender, acompañar y respetar a nuestros niños. Sólo nos queda aplicarlo hoy con nuestros nietos!

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