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“Debes permitirte expandir tu personalidad para cubrir las necesidades de tu hijo”

Eduardo Llamazares – Escritor y Coach de vida

Eduardo Llamazares, autor del libro “Mente, déjame vivir”, nos habla del “mono loco”,  esa actividad mental casi constante de la que no tomamos conciencia.
Esta nos hace auto boicotearnos, machacarnos, que prestemos atención a nuestros errores y
falencias, en vez de a las cosas que hacemos bien. Pero hay una manera de reeducar nuestra
mente y hacer que trabaje a nuestro favor. 

Algo que acompaña continuamente la tarea de ser padres es la duda: ¿lo estaré haciendo bien? ¿mi hijo es un niño feliz y lo será cuando crezca?, ¿está bien si toma pecho hasta los tres años o si toma hasta el año; si duerme conmigo o duerme en su cuna; si me quedo en casa o vuelvo a trabajar? Cada pequeña decisión que vamos tomando nos genera duda, miedo y culpa. Aunque sean cosas que sabemos que necesitamos y que nos harán bien, tenemos miedo de que nuestros hijos sufran.

¿Cómo se puede estar tranquilo con la decisión que tomamos y que no nos atormente la culpa, el miedo y la duda (o no demasiado)?

La respuesta va en relación a la confianza con uno mismo y en dónde pones el foco de tus pensamientos. ¿Lo pones en las posibilidades de riesgo, en todo lo que puede salir mal, en mil cosas que no dependen de ti? Nos cuesta mucho tomar una decisión porque nos imaginamos futuros muy drásticos y definitivos. Pero debes aprender a poner el foco en lo que depende de ti, en tus valores y en que tú haces lo mejor que puedes. Y desde ahí, pase lo que pase vas a saber construir y redirigir, tomando nuevas decisiones. Así es como vas a tener más tranquilidad.
Sabiendo que nada es fracaso, sólo hay aprendizaje.

La mentalidad saludable es saber que pase lo que pase vas a tener los recursos para ir afrontando lo que vaya sucediendo. Porque no podemos tenerlo todo controlado, siempre van a pasar cosas.

Y esto va asociado a las creencias que tenemos de nosotros mismos, sobre nuestra capacidad de hacer las cosas, de merecer disfrutar, de merecer enseñar, de merecer elegir

En cuanto a las creencias, tú dices que son las responsables de que, ante una misma situación, unas personas interpreten la realidad de manera más problemática y estresante que otras. ¿Cómo podemos identificar estas creencias limitantes que hacen que nos compliquemos la vida por demás?

Hay creencias positivas que son las que nos potencian. Y están las creencias limitantes, que vemos como una verdad absoluta. Nos cuesta mucho plantearnos que esa creencia ya no sea tan cierta o que en estas circunstancias no tiene valor.

Para detectarlas, tenemos que observar cuándo nos sentimos en una situación de bloqueo, de frustración, de sufrimiento, de que queremos algo pero no lo conseguimos. Y es una situación que se repite.

Puede ser que en mi mente tenga una creencia que me está generando estas emociones de frustración, de incapacidad, de que no merezco, de que no puedo. La pregunta sería: ¿qué creo yo sobre cómo tiene que comportarse mi hijo?, ¿qué creo yo sobre cómo tiene que actuar mi familia política? Tengo que creer otra cosa que me ayude más.

Porque si nos sentimos frustrados, por ejemplo, le estamos transmitiendo frustración a nuestros hijos o a nuestra pareja. Y estas emociones determinan las decisiones que tomamos.

Si cambio la creencia o reinterpreto un poco ese aprendizaje, voy a tener otras emociones y va a cambiar mi actitud, mi enfoque, todo.

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Implica también mucha flexibilidad por parte de uno. No aferrarse a como uno “es” si vemos que hay algo que no está funcionando.

Esas son las creencias de identidad y son las más importantes. Lo que tú crees que eres. Es el jardín interior del que hablo en el libro.

Tienes que saber que eres mucho más que las etiquetas con las que te sientes identificada.

Y si tú te crees muy perfeccionista, puntual y responsable, cuando tienes hijos, no puedes seguir sosteniendo esas etiquetas porque tienes una nueva responsabilidad que es tu hijo y que te da vuelta todo.

Esas etiquetas te sirvieron durante una temporada, pero ahora las circunstancias han cambiado. Eres mucho más que eso, pero hasta ahora no habías necesitado desarrollarlo. Puedes ser menos perfeccionista pero más divertido, más empático. Necesitas expandir tu personalidad para poder cubrir las necesidades de tu hijo. Es maravilloso y un gran regalo. Pero tienes que permitirte cambiar esas creencias.

Una vez identificadas, ¿cómo nos las quitamos de encima?

Para eliminar una creencia raíz, que es la que está detrás de muchas otras creencias, muchas veces necesitamos ayuda.

La mente subconsciente quiere que sigamos pensando eso porque las creencias son mecanismos de defensa, nos han servido para protegernos.

Por ejemplo, como yo veía que cuando me relacionaba con otros me atacaban o me gritaban, entonces me volví tímido para no relacionarme. Y cambiar eso duele, porque tengo que enfrentarme a lo que sufrí en el pasado. Se necesita ayuda porque tu mente se va a resistir a tomar contacto con el dolor.

Y luego necesitamos ver que hay otras formas de pensar y que también es válido. Por ejemplo, ver que hay una madre que tiene otras creencias en determinada área y que no pasa nada o que vive
más relajada. Buscar referencias que nos hagan desmontar esa creencia.

Y luego necesitamos arraigar esa nueva creencia. ¿Qué debemos pensar en vez de eso? Tengo que reenfocarme y ver qué pensamientos me van a ayudar. Es un entrenamiento, porque llevas mucho tiempo trabajando con la anterior creencia. Es estar muy atento a lo que haces y a lo que pasa por tu cabeza y a reenfocar de acuerdo a la nueva creencia que necesitas incorporar.

En la dedicatoria de tu libro, agradeces a tus padres y tus hermanos, a quien consideras tus maestros. Y también dices que han sido la principal fuente de ese dolor tan sano que es el dolor de crecimiento. Me ha llamado la atención las palabras dolor y sano en una misma frase. Es como si fuera un dolor necesario. ¿Cómo fue el proceso de revisión de tu propia historia hasta poder llegar a agradecer a tu familia por el dolor?

No nos podemos librar del dolor. De lo que se trata es de no enredarnos en lo que nos pasa, darle mil vueltas y anclarnos en esa situación. Eso sí es opcional.

Pero el dolor ante determinadas situaciones también nos hace crecer, nos hace ver que a pesar de haber perdido a alguien o algo, podemos seguir. Distingo el dolor de crecimiento, el que te hace avanzar, del dolor de cuando te quedas estancado por algo que pasó.

Yo tuve una relación conflictiva con mi hermano mayor durante mucho tiempo. Luego descubrí que mis padres no habían sabido detectar mis necesidades. Pero al final te das cuenta que también se trata de una interpretación que tú hiciste.

Por ejemplo, lo que yo interpreté sobre lo que mis padres esperaban de mí, cómo yo tenía que funcionar, cuál era mi papel en la familia. Ser el hijo bueno, no dar problemas. Yo interpreté que era mejor que no comentase mis necesidades, mis gustos, que me callase ciertas cosas. Luego, indagando, comencé a recordar que ellos me preguntaban sobre ciertos temas, pero yo evadía la conversación 

Primero hay que revivir los recuerdos de la infancia, luego empezar a ver qué es tu interpretación y también conocer la historia de tus padres, qué les pasó cuando eran pequeños, cómo eran sus padres, su entorno, los valores, las creencias de la época.

Eso te va a ayudar a entender por qué ellos han querido protegerte tanto, o exigirte tanto. Entender que ellos también funcionan con patrones automáticos. Y que nunca habían escuchado hablar de crecimiento personal, ni de coaching, ni de maternidad consciente.

Cuando convives con niños pequeños, la sensación es la de estar atravesando un campo minado: nunca sabes dónde ni cuándo explotará la próxima bomba. Es ese estado reactivo del que hablas. Esto genera un cierto nivel de estrés casi continuo. ¿Se puede reducir este estrés?, ¿hay algo que le podemos enseñar a nuestra mente para afrontar el día a día?

Vivir en modo reactivo significa que nuestra mente funciona con patrones automáticos muy arraigados. Que cuando estamos en una situación de estrés lo que más sale son nuestras reacciones más primarias, lo que aprendimos hace mucho tiempo.

Si mi patrón reactivo me enseñó a pensar que yo no era suficiente, que siempre estaba por debajo de los demás, eso me ha hecho esforzarme muchísimo, tener la necesidad de demostrar. Y cuando pase algo repentino, tengo que saber que eso va a ser lo primero que va a surgir en mí. Esa sensación de que has hecho algo mal, de que te van a juzgar, de que te van a atacar, etc.

Lo importante es conocerse a uno mismo y conocer estos patrones reactivos. Y poder ser proactivo, que significa gestionar la situación sin un piloto automático, sabiendo entender las emociones de ese niño, las circunstancias y cómo podemos gestionar sin yo ponerme a la defensiva, o sin sentirme culpable, o sin procrastinar y decir “no pasa nada” y dejar que se acumule el estrés, o cada uno el patrón que tenga aprendido. Saber identificar y poder frenar esa emoción que surge: de rabia, miedo, tristeza, la que sea.

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Una de las grandes dudas de los padres es si nuestros hijos se sentirán amados. Tú dices que para sentir amor, nuestro cerebro necesita: sentir que estás en un espacio seguro, es decir, que hagas lo que hagas o te muestres como te muestres, no se te criticará ni correrás peligro. Y al mismo tiempo, tú debes aceptar y permitir que la otra persona se exprese y sea tal cual es su esencia. Pero los padres, muchas veces queremos controlar modificar, nos enojamos, criticamos. ¿Cómo podemos hacer para que nuestra mente logre relajarse y aceptar?

Hay que diferenciar el ser del hacer. Lo que el niño hace es lo que nosotros educamos, dirigimos, guiamos. Es muy distinto decir “eres lento” que decir “haz hecho esto lento”. 

Somos esponjas y el poder de la palabra es súper importante. Si constantemente le decimos, “eres muy movido”, o “siempre estás rabioso”, y se le repite sin buscar el origen, estamos machacando y machacando con lo que ese niño es. Pero es muy diferente educar o insistir en lo que el niño hace.

Y también entender por qué lo hace. Porque todas las decisiones que toma están basadas en unas emociones. La emoción orgullo es básica en esas edades. Es esa con la que tú te sientes bien con lo que has creado: desde una construcción con bloques, hasta una forma de vestirte, o de colocar la mesa, o de cocinar unas magdalenas.

Si se le machaca esa emoción de orgullo de lo que hace, se le está machacando su ser, su creatividad.

Es importante ver de dónde vienen las emociones y respetarlas. No decirle “no te enfades” o “no estés triste”. Vamos a ver cómo hacer para que gestione sus emociones y se sienta comprendido. Los niños, desde pequeños, ya tienen unas emociones más potenciadas que otras. Hay niños que lloran más, otros más rabiosos, otros más alegres, otros más observadores. Hay que valorar y dar el espacio al ser.

Y también quitarte de encima las etiquetas o las creencias de cómo debería ser un niño.

Son las expectativas de cómo creemos que tienen que ser o de lo que necesitan para ser felices. Y muchas veces esas expectativas están condicionadas por lo que nosotros vivimos en nuestra infancia. Los padres tienen la tendencia de repetir lo que hicieron con ellos o de irse al otro extremo e intentar reparar. En ambos casos estamos siendo reactivos. Porque reaccionamos en base a lo que nosotros vivimos. En cambio, si somos proactivos, actuamos en función de lo que vaya surgiendo en cada momento, en función del niños, sus necesidades y su esencia.

Sabemos, en teoría, que para amar y cuidar bien, la base es amarnos y cuidarnos, pero en la práctica no lo hacemos. Nos ponemos excusas, como la de que no tener tiempo o que seríamos egoístas si lo hiciéramos. ¿Por qué nos es tan difícil cuidarnos a nosotros mismos, generar espacios de disfrute, ponernos como prioridad?

Aquí hay unas creencias a nivel cultural brutales. Se valora mucho lo que opinan los demás, lo que te puedan decir. Y el orgullo está muy mal visto. El ser diferente, el ser creativo, original, no se potencia. Se potencia el seguir un patrón, no salirte del tiesto.

Requiere un gasto energético brutal observar qué esperan los demás de mí, cómo puedo agradarles, cómo puedo ayudarles y va en detrimento en enfocar nuestra energía en entender qué necesidades tenemos, con qué valores queremos vivir. No cabe tu esencia, que quizás sea distinta a lo que te enseñan tus padres, tu colegio o tu sociedad.

Si no te cuidas, estás limitando el amor en las relaciones que estableces, limitas lo que los demás conocen de ti. Porque siempre te estás adaptando a lo que el otro quiera, a cuidar, a que no se enfaden.

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¿Cómo se equilibra lo emocional y lo mental para que trabajen juntos y se complementen?, ¿qué es lo mejor y lo peor que nos aporta nuestra costado emocional y nuestro costado mental?

Ser muy mental y muy racional implica tratar de filtrar todo por la mente. Y la mente está dominada por las creencias que no son del todo nuestras. Porque la información que sí es nuestra es aquella que nos hemos permitido aprender a base de experimentar, de ensayo-error, de probar cosas, de que nos critiquen, de fracasar. Pero si limito todas esas experiencias por ser muy mental, porque no querías dar problemas en casa, porque no querías que te criticasen, vivo en base a creencias que no son mías y que me limitan.

Y en el otro extremo, está el ser muy emocional, muy intuitivo, que no se paran a pensar si no que se guían por lo que les apetece, por su instinto y por sus emociones.

El equilibrio sería bajar el tono en tratar de racionalizarlo todo, en tratar de querer obtener información de todo para poder escuchar a nuestras emociones, que son nuestras guías.

Por ejemplo, si tienes que tomar una decisión, trata de visualizarte cómo te sientes con cada una de las opciones. Y eso te va a permitir conectar con tu esencia, sentir si vibras con eso o no. Pero lo que pasa es que le damos poca importancia a esto porque es información que sale de adentro y las personas muy mentales hemos aprendido que es más importante lo que sale de afuera.

Además se siente como información subjetiva. Si le doy importancia a las emociones no hay nada que me garantice que la decisión que tomo será perfecta, no me da seguridad.

No tenemos seguridad en nosotros mismos porque no nos hemos permitido el ensayo-error. Y la seguridad se consigue tomando decisiones y observando lo que sucede luego. Viendo cómo tú reaccionas ante malas o buenas decisiones. Viendo que eres capaz de reconducir si es necesario. Eso es lo que va reforzando la autoestima.

Si tienes una temporada en la que te bloqueas, paralizas y no tomas decisiones, tu autoestima va a ir bajando.

Nos han dirigido desde afuera, han tomado decisiones por nosotros, sin valorar nuestra esencia y eso hemos aprendido. A que la guía está fuera y no dentro.

 

Hay que tener la certeza de que muchas veces no hay una decisión correcta. Todas las decisiones al final te van a hacer crecer y expandirte. Siempre vas a tener la capacidad de resolver. Siempre vas a encontrar un lado positivo. Mucho mejor que quedarte anclado, sin moverte y dejando que pase el tiempo.

Mente, ¡Déjame vivir!

Para tenerlo en la mesa de luz como libro de consulta regular. Es muy ameno de leer, pero al mismo tiempo, profundo y con mucho contenido en cada párrafo.

Eduardo escribe de una forma muy cercana y sientes que estás charlando con él. Lo que te hace conectar, es que no se presenta como un gurú del desarrollo personal, sino como alguien a quien le pasó lo mismo que a tí te está pasando y te quiere ayudar.

¿Te gustaría charlar conmigo? Porque a mí me gustaría saber de ti.

Amo escribir, pero más me gusta comunicarme con quien está del otro lado, saber tus inquietudes, dudas, aprender contigo e ir formando juntas una comunidad de mujeres que nos apoyemos en los años más bonitos y difíciles de nuestra vida.

Te espero del otro lado de la pantalla

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